sábado, 22 de septiembre de 2012

Queilen y la Hija de las Estrellas

Por Xentor Xentinel


Fue el Miércoles 19 del 2012...

El día comenzó difícil. Amaneció lloviendo, y me preguntaba qué haría si llovía todo el día. Esperé un momento, hasta que sentí que dejaba de llover, y entonces me fui al terminal de buses.

Todavía faltaba una hora para el siguiente bus a Queilen, mi próximo destino, así que me conecté a Internet un rato, sólo para ver más de las críticas e incomprensión que algunos «amigos» de Facebook venían mostrando hacia mí, por haber decidido asumir este Camino.

Tanto en lo físico como en lo emocional, el clima no me estaba acompañando, y empecé a preguntarme si tenía sentido todo esto. ¿Debía seguir gastando mi tiempo, dinero, energías y esfuerzo en esto? ¿Qué tal si lo dejaba todo ahora?

Pero ya había iniciado el Camino. ¿Por qué dejarlo? Y además, ¿Qué otra cosa podía hacer? Sí, tengo muchas cosas pendientes de leer y escribir, pero pueden esperar un poco más. Esto, en cambio, tiene que ser ahora. AHORA es el momento.

Finalmente, vi el bus esperando a sus pasajeros, y subí, aunque no muy convencido. «Sólo porque no está lloviendo ahora», pensé.

Con el bus andando, seguí pensando: «¿Vale la pena todo esto? ¿Debí haber subido? ¿Debería seguir la ruta por las otras ciudades? ¿No estaré sólo perdiendo el tiempo?». Pero, el paisaje, el hermoso paisaje verde de Chiloé, me sacó de dudas. Aunque sólo fuera por disfrutar aquel paisaje, el viaje valía la pena. Claro que sí.

Igual que en mi viaje a Quellón, recordé mi infancia, cuando viajábamos los Domingos para ver unos tíos que vivían en Queilen. El paisaje estaba igual, idéntico a como lo recordaba, incluso con las viejas casas de campo chilotas de siempre.

Lo único diferente, aparte de un par de Torres de Altas Tensión y algunas casas antiguas a medio desarmar, era el camino pavimentado. Era mejor así. Fue un placer recorrer aquel camino con el bus desplazándose suavemente por el pavimento, y observando aquel paisaje intensamente verde, y no cubierto de la polvareda gris que dejaban los autos, como ocurría antes.

Al llegar a Queilen, lo primero que me llamó la atención, fue un gran cementerio en la entrada, que antes no estaba. Y lo segundo, fue lo pequeño y estrecho que se veía todo, en contraste con lo que recordaba según mi perspectiva de niño. Y claro, el pavimento. ¡Todo estaba pavimentado! Y así, aquel pueblito se veía mucho más hermoso.


WANILÉN: LA HIJA DE LAS ESTRELLAS

Cuenta la leyenda que una vez nació en este lugar una mujer de una hermosura extraordinaria. O era un milagro de la naturaleza, o era obra de la intervención de los Piyán, los Dioses, ya que sus padres eran toscos y mal parecidos.

La llamaban Wanilén, «La Hija de las Estrellas», porque por las noches se sentaba a contemplar el cielo estrellado, presa de una nostalgia increíble. Como muchos «Jóvenes Índigo» de hoy, sentía que su verdadero hogar estaba allá arriba.

Cierto día que se encontraba contemplando las Estrellas en medio del bosque, de pronto sintió que alguien respiraba a su lado: Era un Ruende, Enano de los Bosques, que la miraba embelesado.

La joven quedó perpleja, y muda de impresión. Pero, antes que pudiera reaccionar, el Ruende la hipnotizó y la condujo a la caverna en que vivía, para tener sexo con ella. Es interesante que esta leyenda esté situada en el lugar que representa el Chakra Sexual de Chiloé...

Pronto, el Ruende hizo que Wanilén olvide a sus padres, y la hizo quedarse a vivir con él. Con el tiempo, Wanilén tuvo un hijo, y desde ese momento, buscó la manera de volver a su tierra.

Un día, aprovechando que el enano estaba ausente, tomó a su hijo y escapó. Cuando el hombrecito se dio cuenta de la fuga, corrió a la playa y al ver que la hermosa Wanilén huía en su canoa, se lanzó al mar, ahogándose en el acto. Y es que los Ruendes no saben nadar.


LA PLAZA

Al bajar del bus, me fui en dirección a la plaza, cuyos árboles bien pueden servir para representar el bosque que una vez debió haber ahí. El bosque en donde el Ruende hipnotizó a Wanilén.

Empezó a llover y tuve que sacar y abrir el paraguas que llevaba. Para mi sorpresa, la plaza del pueblo estaba cercada, porque se estaban haciendo trabajos en su interior.


Por suerte, habían unas entradas que permitían el ingreso al interior del recinto de trabajos, pero adentro, ya se había quitado todo lo que fuera cemento, y sólo quedaba el prado, los árboles y unos pequeños arbustos.


«Oh, qué mala suerte», pensé. «Está lloviendo, y no hay donde guarecerse en la plaza. ¿Qué voy a hacer ahora?». Me acerqué a la máquina excavadora que, evidentemente había sido la responsable de remover todo el cemento de la zona.


Y pensé en meterme adentro, y hacer algún ejercicio de visualización, o algo desde ahí...


Pero entonces, dejó de llover, y ya no tuve que hacer el intento de entrar por la estrecha abertura que vi en la parte de abajo.

Vi unos columpios y juegos de niños, y me acerqué ellos.


Me senté en uno de los columpios, y pensé en columpiarme una cantidad simbólica de veces. ¿Cuántas veces? Bueno, considerando que éste era un Camino de 7 días por las 7 Ciudades-Chakras de Chiloé, pensé que sería bueno columpiarme 7 veces. Pero, cuando ya me estaba columpiando, me pareció que era muy poco, así que lo multipliqué por 3, y terminé columpiándome 21 veces.

Parece tonto, pero esto logró el efecto de devolverme a mi niñez, sentirme niño otra vez; como en aquellos lejanos tiempos en que veníamos con mi familia a visitar a mis tíos.

Mirando la plaza —o lo que quedaba de ella—, desde el columpio, vi que el árbol más grande (aparentemente el más antiguo), estaba casi en el centro. Entonces, supe que debía hacer algo con aquel árbol. Abrazar al árbol, ponerle energía, hablarle...


Me puse de pie, y me dirigía hacia el árbol, cuando vi que un hombre de edad avanzada ingresaba al lugar. Me detuve, pensando que, aparentemente, se había frustrado mi plan. Entonces, saqué la cámara de mi bolsillo, y empecé a tomar unas fotos, mientras el viejo se iba.

Pero no se fue. Se acercó a mí y empezó a hablarme con el modo relajado, y amistoso de la gente de los pueblos pequeños. Me dijo que era el «Cuidador» del lugar. Le pregunté cuándo habían cercado la plaza así, y me dijo que el 11 de Septiembre. «Interesante fecha», pensé.

Le pregunté si quitarían también los árboles para las obras de remodelación, y me dijo que no, que los árboles, y todo lo que era vegetación, se iba a respetar. «¡Bien!», pensé.

Me preguntó, siempre en su tono relajado y amistoso, qué hacía en el lugar. Le conté que soy de la capital de Chiloé, y que hacía muchos años que no venía al pueblo. Lo hacía ahora, para ver cómo estaba y sacar unas fotos. Me dijo que las obras durarían unos tres meses, y que para fin de año «va a dar gusto tomar fotos aquí».

«¡Para Diciembre del 2012!», pensé. Tal vez sería bueno volver para esas fechas.

La conversación duró un poco más, y luego el hombre comenzó a alejarse lentamente, aunque al final, no se alejó demasiado. Así que, sólo me acerqué al árbol, como para tomarle fotos de cerca...


Y empecé a rodearlo y palparlo con mis manos, para enviarle energía, mientras le susurraba que él seguiría siendo el Guardián de la Plaza y, además, depositario para la ciudad del Chakra 2 de Chiloé.

Me di cuenta que el árbol estaba compuesto por 3 grandes troncos. Puse mis manos en cada uno de ellos, mientras le hablaba y enviaba energía, recorriéndolo lentamente con mis ojos hacia arriba, hasta lo alto de sus ramas.

Me tomé mi tiempo. Si el viejo me estaba mirando, debe haber pensado que yo estaba dando rienda suelta a mis nostalgias de niñez.

Finalmente, di por concluida esa parte del trabajo, y comencé a alejarme de la plaza. Mi siguiente destino era la Punta Queilen, donde dicen que se ahogó el Ruende.


LA PUNTA DE QUEILEN

Mientras me encaminaba hacia la Punta Queilen, de pronto, cayó una lluvia torrencial, y tuve que buscar dónde guarecerme, pues, pese al paraguas, ya tenía todo el pantalón empapado.

Al terminar la lluvia, proseguí el camino, que se me hizo interminable. Por fin vi, a lo lejos, el faro de la Punta Queilen, y me encaminé hacia allá.


En el camino, me encontré con una curiosa muestra artística en madera, al aire libre, que realzaba el misterio del lugar.


Una vez llegado al faro, vi que aún me faltaba mucho para llegar al final. Una larga punta, ahora solamente de arena, me faltaba aún por recorrer, y el camino, nuevamente, se me hizo interminable.


Una gran cantidad de gaviotas y otros pájaros, se encontraba reunida cerca del final de la punta. De pronto, al acercarme a cierta distancia de ellas, echaron todas a volar, casi al unísono, llenando el cielo en su huida.

Entonces, empecé a cantar el nombre de WANILÉN, a modo de mantra, mientras caminaba:

WAAAAAAAA – NNNIIIIIIIIIIIIIII – LLLEEEEEEENNNNNNNN

Llegado al final, encontré un cubo de plumavit, en donde me senté a reflexionar en la historia de Wanilén, y en su leve similitud con las actuales historias de Abducción.

Cerré los ojos, y visualicé una Luz Violeta llenando todo el lugar, y extendiéndose desde la Punta de Queilen, hacia el resto del pueblo, la plaza, hasta el cerro, donde posiblemente se encontraba la Cueva del Ruende. Luz Violeta, para transmutar y liberar la Esencia Sexual Femenina de Chiloé. Me puse de rodillas, con las manos en la arena, clamando:

—Si este lugar es un Portal, y vuelve a abrirse, ahora o en cualquier momento, que nunca sea usado por Entidades Negativas para secuestrar a ninguna mujer, a ningún hombre, a ningún niño. La Humanidad de la Tierra es libre y soberana. Así sea.

Sellé el trabajo visualizando una Luz Azul Protectora, que transmití con mis manos a la arena, y luego guardé un poco de esta arena en un recipiente.

Me acordé de un video en que unas personas escribían «HARWITUM» en la arena de una playa, y entonces, tomé una ramita, escribí «WANILÉN», y tomé una foto a esto.


Decidí cantar el mantram WANILÉN, una vez más, antes de irme. De pie, y con los brazos extendidos lado a lado, me puse a cantar el mantram a viva voz, en medio del ruido del oleaje enfurecido, y un fuerte viento, que estrellaba contra mí algunas gotas de agua. Por un momento, me sentí como un indígena haciendo un ritual en medio de la fuerza de los elementos.

Al terminar de cantar el mantra por séptima vez, comenzó a llover de nuevo. El trabajo había concluido. Tomé mi paraguas, y comencé a caminar hacia el pueblo. A mitad de camino comenzó a llover aún más fuerte, pero luego la lluvia terminó.

Al llegar al pueblo, sentía cansancio en mis pies, y decidí descansar en el muelle, que estaba mucho más bello que como lo recordaba de niño.


Mi reloj marcaba las 16:13 Hrs. Decidí descansar hasta que mi reloj marque las 16:16 (el 16 era un número sagrado para los Williche).

Miré el paisaje: la Punta por un lado, y el Cerro por el otro. El cerro aún conservaba su vegetación, y vi hasta un caballo merodeando por sus faldas. Ya no tendría tiempo de merodear por los alrededores, en busca de alguna cueva, que pudiera ser la del Ruende.

Cuando mi reloj marcó las 16:16:16, me puse de pie, y me encaminé a la plaza otra vez.

En el centro de la plaza, saqué el recipiente con la arena de la Punta de Queilen, y vacié su contenido junto al árbol grande. Pronto, esta arena quedaría cubierta con las baldosas que pondrían a la plaza.

Luego sentí que debía posar mis palmas y mi frente sobre cada uno de los troncos del gran árbol por unos momentos, y eso fue lo que hice, transmitiendo mis mejores sentimientos.

Nuevamente, al terminar esto, comenzaron a caer las primeras gotas de un nuevo chaparrón, así que abrí el paraguas, y me retiré, en dirección al bus que me llevaría de vuelta a Castro, donde vivo.

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